Serie: Cita con el diablo. Capítulo 2: Reflexiones masculinas.

Manu

Conseguimos un vuelo que salía en dos horas. Así que como teníamos que esperar si o si, facturamos las maletas y pasamos los controles de seguridad con tranquilidad. Seguido nos dirigimos a unos asientos cercanos a la puerta de embarque del vuelo. Estábamos más relajados y las náuseas estaban portándose mejor.

Luz estaba mejor, se tomó unas galletitas que tenía en el bolso, guardadas del café del día anterior, las cuales le sentaron muy bien. De mientras esperábamos, cada uno intentó entretenerse con lo primero que tenía a mano, así que ella se puso a leer el libro que llevaba en su bolso y yo me levanté a ver los escaparates de esa zona. De vez en cuando la miraba furtivamente por si se volvía a encontrar mal o si me necesitaba para algo. Pero nada, seguía concentrada en su libro.

Por más que miraba las tiendas no veía nada, ningún producto me llamaba. Seguí caminando hasta la última; una tienda de bisutería y plata. En el escaparate vi una preciosa pulsera de plata con un corazón de circonio y dentro de este un pequeño gatito de zafiros negros, era perfecta. Parecía que se había creado para ella. Miré de nuevo a Luz, la veía preciosa y con la cabeza agachada en el libro. Así que sin más entré en la tienda. La mujer que había en el mostrador vino directa:

—Dígame señor. ¿En qué le puedo ayudar? — Se acercó con una sonrisa mientras veía hacia dónde se dirigía mi mirada— ¿Quiere algo del escaparate de afuera?

—Sí. Quisiera llevarme la pulsera con el corazón y el gatito que tiene en el escaparate.

—Muy bien, vamos a ver. —Se acercó al escaparate cogiendo las llaves que tenía guardadas en un bolsillo, pero que estaban colgadas de una cadena a su cinturón y abrió la puerta de cristal de la vitrina.

—¿Es esta? ¿No es así, señor?—Me dijo mientras me la mostraba.

La dejó en un foco donde ésta brillaba más que en la vitrina. Era perfecta.

—Sí, es esa.

Me asomé para ver si Luz había levantado la vista del libro. Nada, ella seguía con lo suyo.

—Muy bien. ¿La quiere para regalo?

—Sí, por favor. Gracias.

Una vez envuelta le dije que no quería bolsit. Si salía de la tienda con ella en la mano, ya no sería una sorpresa. Así que pagué la pulsera y me guardé la cajita donde la había envuelto en el bolsillo del pantalón, esperando que pudiera pasar desapercibida a la vista.

Salí con la mirada fija en los asientos y como antes, continuaba sumergida en su interesante lectura corroborando que no se había enterado de mi ingreso a la tienda. Con disimulo, fingí que seguía viendo escaparates hasta que llegué a la cafetería más cercana, pedí una tila para ella; seguro que eso la calmaría, y un café para mí.

—Toma Luz.

Ella dejó de leer y miró hacia arriba. Depositó el libro en el asiento de la izquierda para después frotarse los ojos, mientras me sentaba a su derecha.

—Espero que no te moleste que lo haya pedido sin preguntarte, pero he pensado que te relajaría. —le rodeé los hombros con el brazo izquierdo y besé su sien.

—Gracias, eres un sol —dijo después de haber dado un sorbito pequeño—. La verdad es que si. Necesito relajarme, esto es demasiado. —Lo dijo mientras que se iba amoldando en mi costado— Y encima la espalda me está matando, la siento bastante cargada. El sobreesfuerzo que he hecho al vomitar lo estoy notando.

—Bueno eso es muy fácil de solucionar. A ver, dame la tila. Y tú relájate.

Sin que ella me replicara, me dio la tila la cual puse junto a mi café, a un lado de los asientos. Empecé a darle un masaje lento por los hombros y el cuello. Noté los nudos que se le habían formado e intenté deshacerlos despacio.

—Mmm Manu, no sabía que también eras un experto en dar masajes.

—¡Nah! Es fácil, así te relajas un poco.

—Lo que tú digas… Pero que sepas, que me estas dejando… K.O. — Me dijo con voz ronca y con la cabeza baja.

—Me alegra que opines así, me acabas de subir el ego.

No dijo nada más, a los cinco minutos bajé la intensidad y le besé la nuca.

—Ya está.

La sentí reírse mientras apoyaba la cabeza en hombro.

—Gracias, de verdad.

Noté que elevó la mirada y me miró a los ojos.

—Ha estado muy bien, pero que muy bien. Gracias.

Se acercó y me besó la mejilla. No pude resistirlo y la abracé con todo el cariño y la ternura que sentí en ese momento. Tenerla entre mis brazos me tranquiliza y a la vez me revoluciona.

—De nada.

Le di su tila y no pude evitar quedarme mirándola durante unos segundos de más.

—¡Qué buena! —murmuró tras probarla.

Cogió su libro, se acurrucó otra vez en el asiento para seguir leyendo y yo volví a pasar el brazo por sus hombros dejándolo ahí. La hice hacía mí, miré los paneles de los vuelos que estaban enfrente a nosotros. Mi mente comenzó a correr por un mar de suposiciones:

“Y ahora. ¿Qué voy a hacer?”

La miré de reojo de nuevo y me di cuenta que está más guapa y preciosa.

“Para mi, y lo pienso con mucho orgullo, que he acertado de pleno y está embarazada. Menos mal a que tengo trabajo y también un pequeño piso.”

Le di un sorbo al café.

“Espera, espera, espera. ¡Madre mía! ¿Pero qué he hecho?”

Me acomodé en el asiento y respiré hondo. Mis pensamientos estaban empezando a ir por caminos pedregosos y me estaba agobiando de más.

Bueno, keep calm Manu. Como siempre me ha dicho mi padre, te toca arrear con las consecuencias.”

Hablando de consecuencias. Tenía olvidada una agenda de citas. La que Gabriel y Enzo llaman ‘La agenda del diablo’.

Pero… esa agenda… ¿Dónde estará? La última vez que la vi estaba en… No, en el tercer cajón… No. Allí no estaba. ¿Dónde la dejé? La buscaré en cuanto esté en casa, quiero deshacerme de ella y no tener problema. Se la daré a Gabriel o a Enzo, total ya no la necesito.

En fin, mucho antes de la dichosa fiestecita ya tenía pensado dársela a uno de los dos. Recordé esa noche, en la fiesta, entre el sofá del salón y la habitación donde había una colcha verde, estuve con la chica que me caló hondo desde hacía mucho. Sí, he de sincerarme, hay me di cuenta que estaba enamorado hasta la médula de ella y quería que las cosas cambiasen entre nosotros, pero no a pasos tan agigantados.

Así que… pensándolo bien y con todo lo ocurrido, no quiero desaprovechar esta ocasión que me ha dado la vida y menos con ella.”

Le di otro sorbo al café y pasé la mano por mi pelo, se me estaba haciendo eterna la espera

“Si el resultado es positivo. Eso significa que… Voy a ser… Voy a ser padre. Ser padre.”

Se me hizo una sonrisa a la vez que un nudo en el estómago.

Y si no lo está… ” —le di otro sorbo— “tengo que dejarle claro que quiero estar con ella, pase lo que pase, porque la quiero. Sí, la quiero. Joder, la quiero y eso se lo tengo que dejar claro, además de que mi hermana me mata si le ocurre cualquier cosa a su mejor amiga y yo soy el culpable. ¿Y ella? ¿Qué pensará hacer? Tendré que preguntarle, tengo que salir de dudas.”

Tomé lo último que me quedaba de café y lo dejé en el suelo a un lado. Me pasé las manos por mi cara, resoplé entre ellas. “Venga Manu, tú puedes”. Me envalentoné y la miré, agarré su mano izquierda y ella paró de leer.

—¿Luz?

—¿Sí?

Alzó la vista y fijó su mirada marrón intensa con mi azul oscuro.

—Lo siento por mi reacción de antes en el hotel me he puesto un poco histérico. Ha sido muy espontáneo todo y no he sabido cómo responder ante tal situación. —La besé la mano.

—No pasa nada, yo tampoco he sabido cómo reaccionar. —Me dijo con una sonrisa sincera sin dejar de mirarme.

—La verdad es que no me esperaba esto, sé que fuimos los dos muy inconscientes ese día y sé que traspasamos el límite con creces después de dejar aquel sofá.

—Sí, yo también pienso lo mismo y esto me ha pillado también por sorpresa. Pero…—Se quedó dubitativa.

— ¿Pero…?

—Pero he pensando que va a cambiar todo.

—¿Para tí, que cambia?

— El… ¿nosotros?—me preguntó con una cara totalmente dudosa.

Me levanté del asiento poniéndome delante de ella de cuclillas entre sus piernas y la cogí ambas manos.

—Luz, esto quería decírtelo en otras circunstancias, pero veo que me es imposible.— La cogí con las dos manos la cara y la miré a los ojos directamente.—Luz quería preguntarte, ¿Realmente, qué sientes por mí? Sabes que no me gusta andar con rodeos. Quiero dejar las cosas claras, ya es mucho el tiempo que nos conocemos y creo que es el momento para decirnos lo que nos tengamos que decir.

—Manu…— intentó agachar la mirada, pero no la dejé.

—Mírame.

—Manu, yo… siento algo por ti.

—¿Solo algo?—

Sonreí porque la vi nerviosa y quería que se tranquilizase.

—No.—Amplió su sonrisa—No es solo algo, es… es que… —me miró a los ojos— es que… Manu, estoy enamorada de ti— lo dijo, lo dijo, y ese brillo en sus ojos lo demostraba.

—Diana…—dije en un susurro cerca de sus labios. La miré con intensidad—… Yo creo que me estoy enamorando de ti. Quiero decir, cada día que pasa me tienes más obnubilado y no veo a otra chica a mi lado que no seas tú, cada vez que pienso en ti siento algo muy fuerte aquí— señalé mi corazón—, que me hace sonreír como un tonto y, es por ti. Quería habértelo dicho en otro lugar. Quería que lo supieras. Quería preguntarte y ya que me lo has dicho tu antes. Deseaba abrirte mi corazón y decírtelo. Y quiero que sepas que pase lo que pase estaré contigo, de verdad, te lo digo en serio. Sé que hemos empezado muy rápido, tan rápido que juraría que estás embarazada,— le dije rozando mi mano su vientre y sus ojos se anegaron de lágrimas— pero eso no quita que sea el resultado que sea, estaré a tu lado.

Vi duda, me acerqué más a ella y la besé tiernamente los labios. Besé también la punta de su nariz y terminé posando mi frente con su frente mirándola a los ojos.

— No te voy a dejar sola, asumo mi parte. Si realmente me conoces, sabes que cuando lo digo en serio, lo digo en serio. ¿Me crees?

—Si. — Dijo débilmente. —Sí, Manu, te creo. Pero, porfavor, no me hagas daño.

—Claro que no cielo, eso sería lo último. Te quiero Luz —susurré.

—Te quiero Manu —dijo con un hilo de voz.

—Los pasajeros del vuelo 7859 destino a Madrid, con salida a las quince horas, diríjanse a la puerta de embarque número nueve. —anunció el megáfono del aeropuerto.

—Bueno, ese es nuestro vuelo.

—Sí, vamos. —Recogimos nuestras cosas y una vez nos acercamos hacia la puerta de embarque me toqué el bolsillo. Sí, allí seguía la pulsera. Perfecto.

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