Relato erótico+18: El atraco más sexy de mi vida

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Todos los lunes voy al banco para pagar las facturas y recoger los extractos para la administración donde trabajo. Y aquí estoy, en la fila del banco esperando para ser atendida. Delante de mí hay dos personas más el hombre que lleva media hora en el mostrador, estoy empezando a impacientarme y a desesperarme. Tengo mucho trabajo acumulado en la mesa de la oficina y esto no ayuda.

Vuelvo a mirar el reloj, definitivamente hoy no es mi mejor día, a cada minuto que pasa todo se jode más. Saco como puedo la agenda del bolso y veo que después tengo tres reuniones de vecinos y por más que intente cambiar de hora otras citas, no me va a valer de nad y la guardo de nuevo. Sé que en cuanto llegue, mi jefe va a decirme que nada de irme cuando sea la hora de salida, que él no tiene la culpa de los atrasos que haya en otros sitios, y que recupere ese tiempo saliendo más tarde. Maldito hijo de puta, como se nota que él no aguanta a los viejos y demás personal quejándose de estupideces en las reuniones.

Si es que lo sabía, la próxima vez ni me molesto en levantarme, hoy intuía que no iba a tener un buen día, empezando porque el despertador no me ha sonado a la hora que tenía que sonar, después la cafetera de mi casa no quería cooperar y no sé porqué, ha dejado de funcionar. Así que, viendo que se me hacia tarde, decidí tomarme el café en el trabajo. Llegué al coche y después de cuatro intentos, no hizo ni el amago de arrancar y para colmo en un arrebato de desesperación, salí del coche y los nervios me superaron; las ruedas del coche sufrieron mi pequeño ataque de ira y paré cuando me di cuenta que llegaba tarde. Llamé a un taxi y tras una espera de treinta minutos, el taxista por fin llegó. Estaba dejando todas mis pertenencias en mi mesa de trabajo, cuando mi jefe me dijo con su típico sarcasmo, que llegaba treinta minutos tarde. “¿No me digas?”; me dieron ganas de decirle de la misma manera que lo diría Joker, uno de los malísimo de Batman.

Muy enfadada, me fui directa a la cafetera de la oficina, pero al llegar me di cuenta de que se acababa de terminar el café y hasta la mañana siguiente no traerán más. Pero, el colmo de todos los colmos es que en mi empresa, hay una norma entre los empleados, y es que la última o el último en usar la cafetera es el que se encarga o bien de hacer más café o bien de bajar al bar de enfrente de la administración y pedir los cafés o tés de ese día; si se ha acabado el café para prepararlos. Así que me muerdo la lengua, para no montar una escenita en medio de la oficina y saber quien era el responsable de no haber hecho el café, vamos, que hoy el universo y yo no estábamos compenetrados. Encima, me doy cuenta de que se ha agotado todo el café. Respiro tres veces y me armo de valor y paciencia.

Sin decir nada más, porque seguro que mataba a alguien si decían algo, cojo mis carpetas y mis cosas, y me dispongo a bajar para encargar todos cafés que he apuntado. Menos mal que nos conocen en el bar y la camarera que siempre nos atiende me dice que los sube ella. Lógico, después de percatarse de que llevo todas las carpetas revueltas por el tropezón que he tenido con el escalón de la entrada, no sé si hubiese conseguido subir ni siquiera mi café. Como ya no me fío ni de mí misma, me tomo el mío en la barra y seguido me dirijo al banco.

No acabo de subir el último escalón…, “otra vez escalones, ¿Por qué no quitan los dichosos escalones?…”, cuando me tropiezo de nuevo, “¡cómo no!”, ¿qué será después? ¿que se me pierdan las facturas que tengo que entregar urgentes hoy o me roben a la salida del banco? Menos mal que unas manos  llegan a tiempo para sujetarme.

— ¿Se encuentra bien?— Me asombro por la educación de las palabras y alzo la mirada para descubrir de quien es esa voz joven y varonil.

Me quedo parada al ver ante mí, uno de chicos más buenorros que he visto en mi vida. Un rubio más alto que yo, que además de estar delgado tiene una sonrisa lobuna que quita el hipo. Le dejo de mirar y mis pensamientos se desvían bastante y con ello mi color de cara cambia de blanco por el frío a rojo piruleta, tanto por el pensamiento calenturiento como por mi torpeza.

—Sí, gracias— Le digo con un hilo de voz y algo cohibida, mientras sujeto mis carpetas para que no se me caigan.

—No hay de qué.— Dice mientras sujeta la puerta y sonríe.

Mi vista se enfoca y me percato que llevo más de media hora sin moverme y recordando todo lo que me ha pasado esta mañana. Sin embargo, “¡Que aburrimiento!”, no avanza nada la fila, busco mi móvil para distraerme, pero justo cuando lo voy a coger, doy un bote porque alguien acaba de entrar y gritar:

— ¡Todos al suelo! Y poned las manos donde pueda verlas. ¡Ya!

Todos nos tiramos al suelo y como no, mi falda se levanta de un lado dejándome casi al descubierto parte del cachete del culo. Maldigo por haberme puesto falda y al que la inventó. Intento con rapidez ponerla en su sitio, pero otro chillido interrumpe mi cometido.

—–Tú, arriba. Ven aquí.

Me dice demandante mientras se acerca apuntándome con el arma, a la par de que con la otra mano me hace señas para que me levante y me dirija hacia donde está él. Con una velocidad poco habitual en mí, me incorporo dejando las carpetas en el suelo y me coloco bien la falda. Cuando me quedan pocos pasos, cometo el error de desviar la vista a la derecha y veo a su “compañero”, el cual va todo de negro incluyendo el pasamontaña, que deja al descubierto sus ojos tras él. Su mirada salvajemente felina, de un verde oliva intenso me cautiva tanto, que no soy capaz de apartar la mirada. Por ello, los dos nos hemos quedado inmóviles. De repente su compañero explota dando otro chillido.

— ¡Amarillo, muévete! ¡Y tu rubia, ven aquí. No me hagas repetírtelo!

“Amarillo”  “Un nombre muy original, si señor”.

Este deja de mirarme y sacudiendo un poco la cabeza va hasta la entrada y la atranca. Una vez hecho se da la vuelta y apuntando a todos los que están allí tumbados en el suelo vuelve a mirarme de nuevo. El compañero chillón, del cual no sé el nombre, rompe nuestra conexión cuando me agarra del brazo, tira de mí y aprieta mi espalda contra su pecho, apuntando su pistola en mi sien. Madre mía lo que me faltaba, al final no es ni que se pierdan los papeles ni que me roben sino que estoy en medio de un atraco con un arma apuntándome la cabeza, además de cogerme como rehén. La verdad, es que no sé que es peor.  Necesito coger unas laaargas vacaciones.

—Tú. Sí, tú. — le dice al empleado del banco, tras darse la vuelta y llevarme con él hasta el tío calvo que está detrás de la mesa. Le da una patada al maletín y a una mochila que hay en el suelo hacia los pies del empleado.

—Quiero que llenes el maletín y la mochila. ¡Ya! —me aprieta más el arma en la sien. —Si no quieres que le pase nada a esta rubita, más te vale darte prisa. —Se da la vuelta — ¡No quiero ver ni un puto móvil… ni que le deis a ningún botón de emergencia! ¡¿Me habéis entendido?! ¿Y tú me has entendido? —  Amenaza a todos los presentes con el arma y al empleado el cual asiente despavorido.

Desde donde estamos se asegura justo en la perspectiva que está su compañero para saber cómo va todo, y yo aprovecho para verlo también. Éste está supervisando que nadie se mueva. Al terminar su recorrido clava de nuevo sus ojos en mí.

— No te muevas. —  Le oigo decir a la vez que apunta al hombre que está en el suelo, pero sin quitarme la mirada. No sé si se lo ha dicho al hombre o a mí.

Sin embargo… su voz me suena. ¡Dios mío! ¡Sí, es él! ¡Es el chico que me ha sujetado para que no me cayera cuando he entrado!

—Ya está— Oigo la voz acongojada del empleado al fondo del banco.

—Bien, tráelo hasta aquí ¡Venga, que no tengo todo el día! —Dice esto último chillando.

El empleado llega deprisa y deposita el maletín y la mochila a nuestro lado en el suelo, y vuelve a su sitio corriendo. Nadie dice nada, todos están en silencio.

—Amarillo, coge el maletín y la mochila y vámonos. —Amarillo asiente y hace lo que le dice. El compañero sigue sin soltarme.

— Azul, deja a la chica y vámonos. —Dice Amarillo una vez tiene en sus manos las pertenencias. Azul no deja de apuntarme. “¿Me van a secuestrar? No… por favor…” .

Pero Azul rompe mi plegaria resquebrajándola.

— No, ella viene con nosotros. Venga, no pierdas el tiempo, cállate abre la puta puerta y vámonos. — una vez abre la puerta, Azul se da la vuelta y termina diciendo.  — ¡Esto es un atraco! Y que tengan un buen día. — Dice mientras sonríe. Muy irónico el tío.

En fin, Azul guarda rápidamente la pistola en el bolsillo de su chaqueta, me coge el brazo y giramos a la derecha. Ambos se quitan los pasamontañas.

— Más te vale no chillar, ni decir nada. Se natural y no te pasará nada— me dice Azul en el oído con un susurro y Amarillo lo mira con cara de pocos amigos y veo que no le ha gustado nada. Por lo que se ve un secuestro no estaba entre sus planes.

Llegamos a un coche gris aparcado al final de la calle, está encendido. De un empujón Azul me hace entrar en él dejándome en medio, seguido sube él a mi derecha y al otro lado se sienta Amarillo. En cuanto se cierra la última puerta, el conductor se incorpora a la circulación como si nada. Amarillo vuelve a mirar mal a Azul.

—Bueno Azul y ahora ¿Qué vamos a hacer con la chica?— pregunta con sarcasmo Amarillo, yo me quedo esperando su contestación.

— De momento, más le vale que esté calladita. ¿Verdad monada? — me dice señalando un pañuelo que tiene en su mano y yo asiento. Me tapa los ojos y con otro me tapa la boca.

—Verde, ya sabes a donde vamos ¿No?—Distingo la voz de Azul.

— Sí, jefe. — responde el conductor.

Pasado un rato, el coche se para y abren las puertas. Alguien me coge del brazo por mi izquierda y me saca con mucho más cuidado que cuando me han hecho entrar.

— Tranquila, confía en mí. — Distingo por la voz que es Amarillo y eso me tranquiliza.

Sigo con las vendas puestas hasta que me hacen parar y me quita la de los ojos. Cuando mi visión se adecua al ambiente, veo que estoy en una habitación con aspecto de abandono, donde una mesa grande, unas ocho sillas y un cable con una bombilla colgada del techo la completan. No hay ventanas, con lo que tendré que pensar en otra alternativa de escape. Me sienta en una silla pegada a la pared la cual cruje, y me atan las manos atrás. Llevan el maletín y la mochila a la mesa y empiezan a contar todo el dinero.

Después de un buen rato contándolo, me cercioro de que me he quedado distraída mirando fumar a Verde. Veo cómo éste crea una densa capa de humo encima de nuestras cabezas. Esto no me ayuda para nada con mi tratamiento de dejar de fumar y cada vez me están entrando más ganas de pedir uno. Miro a Azul que tiene un vaso con un líquido, que deduzco que es whisky al igual que Verde. Sin embargo, Amarillo ni bebe, ni fuma. Tras lo que parece una eternidad, tienen amontonado bastantes fajos de billetes encima de la mesa. Se levantan todos y se quedan mirando todo lo que han robado.

—Madre mía, 10 mil euros. Esto nos servirá para pagar la deuda. Y con la chica tendremos un descuento seguro — Todos asintieron, Verde y Azul salen de la habitación eufóricos, pero Amarillo sigue de pie apoyado con las manos en el respaldo de su silla.

—¿Estás bien?— me dice con voz profunda. Asiento con la cabeza, se acerca y me acaricia la mejilla con ternura.

—Solo te pido una cosa. No tengas miedo, no voy a permitir que te hagan daño o te den a esos salvajes. Voy a aprovechar que han salido, y tenemos unos minutos. Quiero serte sincero y dejar las cosas claras.

>>Quería decirte que me has cautivado desde que te he visto salir de la cafetería hasta que distraída has llegado al banco, y más cuando te han salido los colores al tropezar con el escalón y mirarme. No sé qué me has hecho, pero no puedo parar de pensar que lo último que quiero es que te pase algo y menos de la manos de estos dos, no me fio para nada de ellos. —Se pasa ambas manos por el pelo y me da la espalda— Quiero pedirte una cosa que cambiará tu vida. —Se calla y se da la vuelta. Yo afirmo con la cabeza para que siga. En estos momentos todo me da igual, todo excepto él y no sabría explicar el por qué— Deja todo y ven conmigo. Escapémonos. Si aceptas me voy sin mirar a atrás. No quiero este dinero.— Señala los fajos de billetes de la mesa— De por sí, no es nuestro. Es para pagar una deuda. Estoy muy harto de todo y quiero empezar de cero. No quiero seguir más en este mundillo, quiero empezar una nueva vida y tú has llegado en el momento exacto y necesario para aclararme las dudas. ¿Qué dices, te vienes conmigo? — Tengo muy clara la contestación, voy a responder cuando oímos unos pasos que se acercan. Amarillo se va a su silla y yo miro al suelo.

Azul y Verde llegan entre risas y se sientan. Han traído otra botella y tras rellenar sus respectivos vasos, brindan por el éxito obtenido. Miro a cada rato a Amarillo, hasta que por fin él me mira. Entonces, se produce la misma conexión que en el banco, noto esas cosquillas y esa fogosidad en su mirada. Para incentivar más le afirmo y él sabe a qué me refiero Su sonrisa se eleva de un lado, eso me ha parecido de lo más sexy.

Al ver que pasaban las horas—o eso me parecía a mí—, intentaba buscar un plan, ellos no hacían nada más que jugar a las cartas, beber y no parar de mirar el móvil, de repente se me ocurre una idea.

Como no podía hablar, comienzo a lloriquear hasta que se acerca Amarillo y me suelta el pañuelo que tengo en la boca. Pido ir al baño. Azul le dice a Amarillo con la voz pastosa por el alcohol, que me acompañe, total tanto él como Verde no podían levantarse por mucho que lo intentaran. Cuando llegamos al final del pasillo, le digo que este sería el momento para irnos, él asiente. Así que me desata las manos y me quita el trapo que tengo en el cuello. Con mucho sigilo, abre la puerta de la entrada y corro detrás de Amarillo hasta que llegamos a su coche. No me lo puedo creer, lo hemos conseguimos.

Ya sentados, con las llaves en el contacto y después de recuperar un poco el aire, me dice.

—Me llamo Raúl.

— Yo Bianca—. Una vez hechas las presentaciones exprés, enciende el motor y salimos igual de rápidos que Toreto en la película de Fast and the furious.

La oscuridad de la noche se hace presente después de haber conducido varías horas. El cansancio del viaje y de la tensión de la mañana están haciendo mella en nosotros, por lo que decidimos parar en un motel para descansar. En el camino ambos hemos tiramos los móviles por la ventanilla del coche y no tuve más remedio que llamar desde una cabina al trabajo para despedirme. Había tomado la decisión de emprender esta locura con Raúl. Estaba muy harta de todo yo también. Él es el que me ha hecho ver que podíamos empezar de cero. Por desgracia a ninguno de los dos, nadie nos echaría de menos. Además, hemos aprovechado el viaje para conocer un poco más. Me contó que robaba porque las personas con las que iba, lo habían criado de esa forma tan poco ética, donde piden a quien no deben y luego se lo tienen que devolver, era la manera que tenían de sobrevivir. Pero, aunque el pensamiento de cambiar de vida se le había pasado varias veces por la cabeza, lo tuvo claro en el instante que aparecí yo.

Hemos aprovechado que Raúl llevaba dinero suelto para comprar algo de ropa nueva para los dos. Así que instalados ya en la habitación, quiero aprovechar que Raúl ha bajado a recepción, para darme una ducha renovadora y cambiarme después del largo viaje. Necesito sentirme limpia, necesito borrar de mi cuerpo las manos del tal Azul. Necesito quitarme de encima a la antigua yo y olvidarme de todo lo ocurrido.

Sentía el agua caer por mi piel, cuando abren la cortina detrás de mí y alguien entra. Sé quién es aunque no me doy la vuelta. Al principio me siento un poco cohibida al no conocerlo bien, pero se me olvida al sentir esa paz cuando está a mi lado.

—Soy yo, no tengas miedo, tranquila. Sé que es raro y que es de locos, pero no quiero separarme de ti.

—Estoy tranquila, de por si, me siento tranquila cuando estás a mi lado.

Pasa ambas manos por mi cintura y me aprieta a él. Me da un tierno e intenso abrazo. Me demuestra cariño al igual que los inocentes y tiernos besos que por el cuello, me va dando hasta llegar a mi oído.

—Voy a borrar todo rastro del gilipollas de Joan.

Asiento y al sentir sus manos en mi , un nudo de placer se forma en la boca de mi estómago y baja hasta mi sexo. No sé que me esta pasando con él, pero nunca me había ocurrido nada parecido con ningún otro chico. He cerrado los ojos sin darme cuenta. No puedo creer lo que me acaba de pasar en menos de unas horas, mi vida ha cambiado en cuestión de segundos.  Mientras ese pensamiento inunda mi cabeza, Raúl baja por mi hombro dejando una lluvia de besos acompañado con el agua caliente.

Coge el jabón, con ternura y nervios y continúa el camino con sus manos por todo mi cuerpo. A cada roce, la temperatura del baño noto que sube. Va pasando por todos los recovecos y cuando llega a ciertas zonas siento que mi cara y mi cuerpo arden. No puedo más y un leve gemido se escapa de mis labios. Termina y me da un beso en el cuello que me hace estremecer. Con una suave vuelta y me mira a los ojos. Los suyos tienen un verde más Captura_73oscuro, mi respiración se atora en la garganta y no necesitamos más. Nuestros labios se unen con ansías, por fin podemos saborearnos. La pasión va creciendo, su mano se posa en mi nuca y me atrae más hacia él. Su otra mano se amolda a mi baja espalda, me aprisiona y le siento en todo su apogeo. Su lengua pide permiso a mis labios, los cuales aceptan gustosos la intrusión.

En cuestión de segundos percibo los fríos azulejos en mi espalda, sus gruñidos cada vez se escuchan más. Noto sus manos en mis nalgas, donde las estruja e intenta abrirlas un poco.

—Raúl, ¿Tienes un preservativo?

—Si—Se asoma por la cortina y al volver veo que lo tiene en la mano y se lo pone.

Vuelve a mi y en la misma posición me alza consiguiendo que mis piernas queden enganchadas a su cadera. El beso anterior se queda corto con el de ahora. Me dejo llevar, como nunca lo había hecho antes. Esto es una locura, lo sé, pero mi instinto me dice que lo haga, y más cuando su mirada felina me sigue teniendo cautiva en esta jaula del deseo.

El beso no termina, ni quiero. A cada momento se está volviendo más enloquecedor que antes. Nuestros cuerpos no paraban de restregarse, noto que su pene, está más que listo para mí. Coge su miembro enfundado y comienza a frotarlo entre mi sexo. Un gemido placentero sale de mi garganta a lo que él responde con un impulso y tras posicionarlo en la entrada, me penetra un poco. Raúl me alza un poco más las caderas y al soltarme entra en mí a la primera. El agua caliente amortigua el grito que damos ambos. Su mirada se clava en la mía y su cadera comienza un vaivén frenético.

Deja mis labios para bajar hasta uno de mis pezones, el cual es devorado y succionado sin compasión. Agarro su pelo y tiro de él. Él arremete contra mí y apoya una mano en mi cadera y la otra la apoya en la pared para ayudarse a que cada arremetida que me da, sea más fuerte, más profunda.

Es tal el fuego que crece en mi interior que siento como me quema. Apoyo mi cabeza en la pared para poder aguantar cada oleada de placer. Cada vez me cuesta más respirar, hasta llegar a tal punto en el que tener a Raúl torturando mi pezón, mas sentir su pene llegar a lo más profundo de mi útero, hace que los latigazos de placer provoquen tal incendio, que creo que moriré en cuestión de segundos.

Su boca vuelve a la mía y me devora, siento como como le cuesta respirar.

—Vamos Bianca, vamos. Quiero que nos corramos juntos.

No puedo más y clavo mi mirada en la suya. Mi respiración queda anulada al ver lo sexy que está. Aprieta la mandíbula y con un gruñido se para en seco pero con sus manos me aprieta hasta lo más hondo de mi ser. Ese, ese es el momento exacto en el que pierdo la conexión con la realidad y mi cabeza va hacia atrás mientras aprieto cada músculo de mi cuerpo y me tenso al máximo. Como si de una tormenta de rayos se tratase, mi cuerpo es sacudido por espasmos.

Vuelvo a la realidad, le miro de nuevo con una sonrisa y él se vence hacia delante hasta que su frente se pega a la mía. Su sonrisa le delata y se que ha sido muy intenso. De repente comienzan a temblar sus piernas.

— ¿Estás bien?— me dice en un susurro y con una sonrisa sincera.

—Yo sí,  tranquilo. — me baja con delicadeza y apoyo los dos pies en el suelo— ¿Y tú?

—Más que bien, créeme.

Nos reímos los dos. Sale de la ducha y me da una toalla.

—¿Sabes Raúl? No sé porqué, pero me siento como si te conociera de toda la vida. Me ha encantado este arrebato, y más, cuando no nos ha dado tiempo de llegar a la cama. Claro que, con esos ojos quién se resiste—  Como siempre, hablo antes de pensar y le digo lo que siento sin arrepentirme de nada.

—Yo no tengo la culpa de que a la señorita se me sube la falda al tirarme al suelo, me haya hecho estar con ganas de quitarle esa falda.—me dice acercándose como un guepardo. Sube gateando por la cama hasta mi y a escasos centímetros de mi boca me susurra de nuevo.— No eres la única, yo también tengo esa sensación de conocerte de toda la vida. Me enamoré de tí nada más verte, tu sonrisa me desarmó y caí rendido a tus pies, Bianca.—Me da un suave pico—. Mañana nos iremos temprano, quiero llegar cuanto antes a la ciudad más próxima, para poder coger un vuelo e ir al destino que elijamos y empezar de cero. Pero antes, quiero ayudarte a dormir.

Me tumba en la cama y sus labios se unen a los míos. Su cuerpo reacciona más rápido de lo que creía, el beso pasa de ser tranquilo a ser un batalla entre sus labios y los míos. Se vuelve intenso por momentos hasta el punto que termina como el anterior en la ducha…

Tuvieron mucha suerte, después de decidir cambiar sus vidas, nadie de los pocos que les conocían volvieron a saber nada de ellos. Respecto al atraco, no lograron detener a nadie, con lo que a Raúl nadie le delató. La vida les dio una segunda oportunidad y consiguieron escapar. Las puestas de sol y los atardeceres en una casa rural, donde la civilización no había llegado aún, eran testigos del amor de Raúl y Bianca. Allí y desde entonces, fue donde comenzó su verdadera vida, esa en la que ya nada fue monotonía y si no hubiese sido por ese día tan horroroso que tuvieron, no habrían podido conocer al amor de sus vidas.

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