Relato: El golpe definitivo.

Empecé a contar. —Uno —golpeó su puño contra mi costado izquierdo. Intenté cubrirme sin éxito—. Dos — repitió el mismo golpe pero en el otro costado—. Tres —otra vez en el mismo costado.

Las cuerdas del cuadrilátero se movían a mi espalda rebotadas por el golpe al haberme desplazado hasta ellas.

—Cuatro —golpe seco en el diafragma, con él, todo el aire y las fuerzas con la guardia de mis brazos se esfumaron—. Cinco —directo en el pómulo derecho—. Seis —pómulo izquierdo.

Sus golpes eran muy duros, sin embargo tenía que aguantar. El sudor y la sangre resbalaban por la ceja de mi ojo izquierdo y caían ralentizadas al cuadrilátero. Debía continuar. Los gritos del gentío cada vez eran más altos y distorsionados a mí alrededor, no obstante mi concentración tenía que ser máxima.

Sonó la campana. Logré llegar a la banqueta de la esquina y sentarme en ella, mi visión era un poco borrosa pero gracias a Jorge que me puso un bastoncillo con vaselina y la crema antihemorrágica logró detener la sangre del corte de la ceja y de las varias heridas en los pómulos.  Luis me puso una toalla húmeda en los hombros, eso me relajó un poco. Jorge se agachó y tras decirme algunas palabras al oído; las cuales no presté atención alguna, me levanté y asintiendo para no perder tiempo me quité la toalla, estaba preparado para este asalto. Sonó la campana, me dirigí al centro donde me esperaba mi contrario pero me acompañó un zumbido nuevo en mis oídos. Puse los brazos en posición de guardia como mi padre me enseñó (y repitió) tantas veces. Listo. El árbitro nos dio la señal y retomamos el combate por donde lo habíamos dejado antes. Sin que pudiese hacer nada, en unos de los giros un recuerdo me inundó la mente rememorándome porqué estaba aquí.saco-boxeo

Me trasladé al gimnasio familiar, donde tenía enfrente de mí el saco que rellené yo, con camisetas viejas y que he utilizado desde entonces,  recibía mis puños y rebotaba con cada golpe. Resonaba  todo el local estremeciéndolo. Ese gimnasio, ese ring que me ha visto derramar sudor y lágrimas. Pero un día apareció mi hermano sonriente con un flayer, en el que si competías y ganabas te embolsabas una suma importante. Suma que boxeo-noble-arte-eizaguirre1-637x425necesitábamos.

Ya han pasado dos años desde ese día en el que mi hermano apareció. Preparándome para ese combate. Tal fue mi obsesión que hasta mi padre estuvo en todo momento a mi lado para que no perdiese la cabeza… Mi padre. Semanas combatiendo con todos, con Jorge; uno de los tres mejores boxeadores del gimnasio y mi mejor amigo, pero eso no evitaba que nos sacudiésemos hasta que un silbato nos hacía parar, quedándose el último golpe suspendido en el aire. Si alguien quería una pelea o algo por el estilo, me ofrecía sin problema, mi padre como entrenador y como padre se cabreaba conmigo, veía que estaba dando más de lo que debía, ahora lo sé, pero me enervaba con esa persona con la que combatía, con la que me había golpeado correctamente y que aun sabiendo que el que había fallado era yo lo pagaba con ella. Tenía que ganar, siempre. Acababa con cortes,  moratones por toda la cara y algunas partes del cuerpo, nudillos despellejados al vivo… pero lo peor eran los días que llegaba a casa de madrugada con un ojo medio cerrado, hinchado y amoratado, sin embargo lo que realmente me hacía replantearme bastante dejar esta locura, era ver a Sonia; mi novia, sentada y despierta en el sofá con la cena fría esperando para curarme, ella sabía que vendría así. Al día siguiente tanto ella como yo teníamos que trabajar y después otra vez de vuelta al gimnasio, donde me esperaba mi padre e intentaba que entrase en razón. Pero incluso a él le superaba a veces lo cabezota que era.

—¡Mantén la guardia! —chillaba irritado y cansando de repetir lo mismo a la décima vez que Jorge, me golpeaba en la cara—. Mantenla ¡Maldita sea! Mantenla.1307017870_extras_portada_0

No lo vi venir, de repente un derechazo me impactó en la mandíbula, las cuerdas me sostenían, mis brazos temblaban al sujetarme a ellas. Me retorcí de dolor. Elevé la mirada como pude y vi lo que me daba las fuerzas, estaba delante de mí, llorando. No, eso es lo último que querría. No quería verla sufrir más por mí. Una descarga de adrenalina surgió de mi interior y como tal sentí como mi cuerpo cobró vida y cada célula de él se reactivaba, di un impulso en las cuerdas. Nadie me pararía, mi prioridad era que Sonia no sufriera, así que esto lo tenía que terminar ya. Avancé en ataque y con un croché izquierdo en su mandíbula logré desestabilizarlo, se revolvió con cabreo y avanzó para atacarme; aunque sus puños eran rápidos, sin parar tanto por la izquierda como por la derecha, me hizo retroceder, sin embargo conseguí que mi ceguera por mi egoísmo quedase anulada y mi mente se centrase en su cometido; me cubrí como mi padre me enseñó; brazos en alto para protegerme la cara y el bailecito de un lado a otro para distraerle, la impotencia se veía reflejada en su cara, sus puños iban en aumento y estaba a punto de llegar a las cuerdas; si llegase seguro que no podría librarme de él, menos mal que era más delgado que él, aproveché esto para desviarme hacia un lado y con los puños que heredé de mi padre y mi abuelo “los puños pluma veloz”  y como si la vida se me fuera en ello, comencé a darle, no le dejaba ni respirar, avancé y avancé. A punto estaba de caer de agotamiento cuando terminé dando un fuerte derechazo en su mandíbula dejándolo vencido y apoyado sobre las últimas cuerdas, clavando así sus rodillas en el suelo. La campana sonó, el árbitro, Jorge y resto del personal se acercaron. Miré al techo, “esto es por ti papa”.  Veía que todos me llamaban, silbaban, gritaban a la par que señalaban detrás de mí pero no llegué a saber más ya que mi cuerpo se desplomó de forma directa en el cuadrilátero. Con un inmenso dolor que me recorría todo el cuerpo si me movía, abrí los ojos, intentaba entender que había ocurrido, pero el dolor era tal, que poco a poco dejé de escuchar todo lo de mí alrededor, vi como un chico y una chica me sujetaron a ambos lados y como me inmovilizaron, pero los volví a cerrar.

Como si hubiese pasado una eternidad abrí de nuevo los ojos y notando losboxeo-noble-arte-eizaguirre5-637x425 párpados pesados, una claridad cegadora de un tono amarillento inundó mi visión, aunque mi atención se centró en un punto concreto, una de las esquinas del ring. Allí vi a mi padre apoyado en una de las cuerdas por fuera del cuadrilátero. Vi que se movía y pasó por entre las cuerdas para dirigirse hacia donde estaba. Su paso era firme, como siempre había sido. Todo a mí alrededor estaba en silencio y la profunda voz de mi padre lo rasgó.

—¡Hay hijo! Mira que te he dicho mil veces que mantengas la guardia y sobre todo ¡que no des la espalda a tu contrario!—me dijo mientras se arrodillaba delante de mí y se ajustaba su vieja y desgastada gorra de Rocky Balboa.

—No sé qué me ha pasado. Yo… —contesté con un hilo de voz.

—Hijo mío, ese chico no es buena calaña y te ha dado en la sien sin que le hayas visto, es un cobarde. Thomas, quiero que sepas que siempre estaré a tu lado, pase lo que pase. Pero este no es tu momento. Tienes que levantarte y luchar Thomas, lucha, lucha por mí, por tu madre —calló por un instante y agarrando una mano miró a esa persona. Alcé la vista y ahí estaba, era mi madre. Parecía un ángel,  tenía un halo de luz a su alrededor. Estaba igual de guapa de como la recordaba y con su sonrisa tranquilizadora de siempre—. A tu madre y a mí nos llegó la hora, pequeño, pero a ti, no. Esto es un aviso que nos han concedido para aconsejarte y alentarte de que dejes este camino que llevas y te centres. Tienes una vida fuera de estas cuatro esquinas. Hazlo por ella —se volvió para mirar donde estaba Sonia—, ellos te necesitan, tienes que volver, hay una persona que lleva tu sangre y a la que vas a conocer en unos meses —me miró a los ojos—. Te quiero, Thomas.

Se levantó y comenzó a caminar hacia la claridad donde se reunió con mi madre de nuevo.

—Hasta siempre hijo. Te quiero, te queremos  y estamos muy orgullosos de ti —dijo mi madre.

—Hasta siempre, papa, mama, os quiero —logré decir mientras que volvía la oscuridad.

Y con unas sonrisas sinceras, ambos desaparecieron al igual que todo a mí alrededor.

De golpe el tiempo comenzó a pasar muy deprisa, en segundos, mis sentidos se reactivaron. A mis oídos llegaba mi nombre mas todo el jaleo que había alrededor. Abrí los párpados y Sonia estaba de rodillas, blanca como la cal y sujetada por varios de mis compañeros mientras intentaba alcanzarme con una mano y aferraba su vientre con la otra.

—Ángel… —pronuncié como pude.

—Cariño, ¡Oh, dios mío! ¡Has vuelto!, ¡Has vuelto! ¡Has vuelto!

Cayó en mi pecho y abrazándome como si la vida le fuera en ello siguió repitiendo la misma frase.

—A ver señorita, ¡Por favor! Necesitamos que se aparte, tenemos que llevárnoslo —dijo el paramédico tras separarla de mí.

—Sí, sí… lo siento —le dijo con lágrimas en los ojos.

—¿La conoce? —me preguntó con ternura la paramédico mientras terminaba de ponerme un collarín.

—Sí, es mi futura esposa —dije angustiado por el dolor que sentía por todo el cuerpo.

—Está bien. Entonces puede acompañarnos, lo llevamos al hospital, hay que sacarlo de aquí. Después podrá estar con él más tranquila.

Dicho esto me sacaron del ring con la ayuda de varias personas más.

Me dolía la cabeza horrores. Una vez en la ambulancia Sonia, histérica por todo lo que estaba pasando, se sentó a mi lado para acompañarme en el trayecto.

—Sonia —Rápidamente se agachó preocupada y me acarició la mejilla—, cálmate cariño, todo saldrá bien, ya verás como esto no es nada y pronto estaremos juntos en casa —le dije para que no se preocupase.

—¿Estás bien? —me dijo con la cara todavía algo lívida.

—Sí, tranquila… es solo que… quería decirte que he decidido que ésta ha sido la última pelea que haga en el ring… llevaré el gimnasio, por mi padre que tanto esfuerzo y sacrificio le costó. Pero ni una pelea más. Eso sí, quiero decirte que solo pelearé por ti y por… —llevé mi mano como pude a su vientre—… Ángel. Así es como querría llamarle.

Sonriente y sorprendida solo asintió con la cabeza, y

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con una sonrisa nerviosa junto a la mirada llena de ternura, me dijo todo lo que tenía que decir.

Y yo, volví  a nacer.

 

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También está publicado en:

Letras, Libros y Lecturas con Arthe – El golpe definitivo.

 

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Florentino dice:

    Intenso y vibrante relato con una carga de emotividad que se trasmite de inmediato al lector.

    Le gusta a 1 persona

    1. Florentino, muchísimas gracias por pasarte. Me alegra mucho que te haya llegado tanto.
      La vida es dura y nos pone a prueba.
      Un saludo.

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