☆Nueva sección: El sofá de la inspiración presenta a Jon Bobis.

Hola a todos, se me ha presentado la ocasión y he querido aprovecharla. Por eso quiero dar la bienvenida a una nueva sección;

El sofá de la inspiración

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Aquí se sentarán escritores noveles y no tan noveles que quieran compartir cualquier cosa en este blog.Si queréis que os publique cualquier relato u otra cosa mandame un email con tus datos y el archivo y será bienvenido a esta sección.


El email es: lilytempeltom@gmail.com

Hoy da comienzo en esta nueva sección el escritor novel Jon Bobis. Muchísimas gracias Jon por querer formar parte de esta nueva sección y enhorabuena por el relato. Sin más demora aquí lo tenéis.

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No era un día muy ajetreado en el centro. Tan solo cuatro clientes esperaban para ser atendidos. Dos de ellos, para ver que les podía ofrecer, ya que habían sido clientes fieles a sus compañías telefónicas, y creían que por ello, dichas compañías les recompensarían con un móvil nuevo de última generación. Y si no lo hacían, estaban dispuestos a cambiar, olvidando esa lealtad de la que alardeaban al entrar por la puerta. Los otros dos, en realidad no eran clientes de verdad, bajo un punto de vista empresarial. Uno esperaba para hacer una recarga de su teléfono prepago, y el otro, era una persona del tipo “sólo estoy mirando, gracias.”, que tanto abundaban en cualquier establecimiento de venta al público. De modo que Fran e Inma podían encargarse de la clientela, mientras Víctor podía encargarse de explicarle la nueva tarea, a quien sería el blanco de su ira los próximos meses. El perdedor de su jueguecito, que si bien, debería ser ilegal, bajo el punto de vista de la empresa, había sido una idea brillante.

 

-¿Lo has entendido?

-Rellenar campos vacíos, con los datos de los clientes. Hasta mi perro lo sabría hacer… ¿Me lo tienes que repetir otra vez?

-Es que parece que no te entre en la cabeza…-Gruñó.- ¿Lo has entendido, o no?

 

Mientras asentía con la cabeza a aquél individuo, que se encargaba de recordarle una tarea que no necesitaba explicación, de un modo, que consideraba apto para un niño de cuatro o cinco años, Iván no dejaba de preguntarse, cómo era posible que un tipo como Víctor, hubiera llegado a encargado de una tienda de telefonía como aquella. Lo primero que le pasó por la cabeza, fue que antes de convertirse en un gilipollas integral, al que le importaba más el estado de su cuenta en Facebook, que las líneas de sus clientes, o los contratos de ADSL que había que pasar a limpio, su superior, probablemente, fue en su día uno de los trabajadores más eficientes de la empresa, y como reconocimiento, le dieron el puesto de “Jefe de ventas” de una tienda en pleno centro de la ciudad. Pero no… No tenía pinta de haber cambiado desde hacía mucho tiempo. Era la clase de jefe, que se traía sus trajes a la trastienda, para no tener que venir con el uniforme desde casa por vergüenza. De los que alardeaban de ser jefes, sin saber del todo a que se dedicaban. De hecho, parecía que nunca se hubiera preocupado por nada de nada.

Descartada la idea inicial, y quizá acercándose un poco más a la realidad, creyó que tal vez, hubiera llegado a su puesto, pisando las cabezas de sus compañeros. Haciendo el mínimo trabajo posible, y aprovechando los contratos a medio terminar de algún otro empleado que ya hubiera hecho el trabajo sucio, hablando y convenciendo al cliente de que aquello que le ofrecía era mil veces mejor que lo que tenía antes, borrando el nombre de éste último, y poniendo el suyo. Claro que en su momento, los otros jugadores de éste bonito y cruel juego llamado “Camino al ascenso”, debieron quejarse de la competencia desleal de Víctor. Pero traía resultados. Algo que para una empresa grande, es, ha sido, y será siempre, el único dato que le haga falta comprobar, para saber si un empleado les es rentable.

Suponía que habrían excepciones, algunas empresas tenían gente que se encargaba de evaluar, no solo el rendimiento laboral de cada trabajador, sino también el trato que le daban a los clientes; el comportamiento, la pose, la manera de expresarse… Una vez oyó, en el curso de dos semanas que recibió sobre técnicas de venta que, precisamente en su empresa, cada cierto tiempo y sin avisar, realizaban inspecciones de aquella clase. Hombres y mujeres que se hacían pasar por clientes, mientras evaluaban el trato recibido. <<Demasiada tensión para la mierda de sueldo que cobraré>> Pensó en su día Iván.

Fue entonces cuando se dio cuenta. No era que Víctor hubiese sido un empleado extremadamente eficiente, ni tampoco un tiburón que pisó cada cabeza quien se puso en su camino. Simplemente había aguantado. Había sido ascendido por antigüedad. Por ser el único que no se había ido, pese a cobrar un sueldo miserable, y ser tratado como a escoria. Y era probablemente ese, el motivo que le hacía creer, que el trato que le daba a sus otros cinco subordinados era el correcto. Cuando éste se dio la vuelta, dando por finalizada la explicación, sintió una mezcla de desprecio y lástima por él.

 

Ya hacía un par de meses que el trabajo se había vuelto rutinario. A decir verdad, era su castigo, lo que lo había vuelto rutinario. Tras la última campaña comercial de verano, Víctor había decidido, que el empleado que menos ventas lograse, que fue el propio Iván, pasaría los meses siguientes encargándose de pasar a limpio los contratos de las redes móviles que tuviesen pendientes. Algo que, a priori, parecía un trabajo simple, pero que ocupaba toda su jornada laboral. Lo habitual era, que cada empleado se ocupaba de gestionar el papeleo de cada uno de sus clientes. Pero de éste modo, ellos solo tenían que preocuparse de vender, mientras que de hacer tramites se ocuparía el pobre desgraciado, que perdiera aquella estupidez de competición. En los momentos en los que no tenia tanto papeleo por delante, miraba hacia la entrada. Le parecía una barbaridad la cantidad de gente que entraba por aquella puerta para cambiar algo, por otra cosa un poco más nueva que la anterior. Una cámara con un mega píxel más. Un procesador más rápido, para poder escribir mensajes. Un cambio del sistema operativo, porque ese ya había pasado de moda… <<Chorradas. >>

Un día, mientras divagaba, no reparó en la cuenta, de que la tienda estaba abarrotada. Una gran cantidad de gente, estaba haciendo una especie de cola, tan desordenada que casi se agolpaba contra el mostrador, mientras todos, tratando de ser los primeros en ser atendidos, a sabiendas de que, entre cliente y cliente, podía pasar bastante tiempo, pedían algo. Por lo general, entre quince y treinta minutos, era el tiempo que se tardaba en ofrecer absolutamente todos y cada uno de los artículos del local. Normas de la empresa. Ofrecerlo todo a cada cliente, con la excepción de aquellos pocos, que iban solo a hacer una recarga para prepago, claro. Éstos últimos, le hacían gracia a Iván. Eran capaces de esperar una hora y media, para añadir diez o quince euros a su tarjeta, pero casi siempre acababan quejándose cuando llegaba su turno. Pues se les despachaba en menos de dos minutos, y les parecía ultrajante lo que se les habían hecho esperar.

Fue entonces cuando a Víctor se le ocurrió una idea.

-Iván.- Se le acercó. El encargado aprovechó aquél momento de iluminación personal, para elevar el tono de voz, y así crecerse ante sus súbditos, y ya que estaba, también ante los peticionarios que habían entrado en sus dominios.- Te vas a encargar de los clientes que solo quieran hacer una recarga. Del papeleo ya te ocuparás mañana.

-Ya, claro. Y mañana tendré que estarme hasta las dos de la mañana pasando contratos, ¿no?

-Oye, no me vaciles, chaval. ¿Qué pasa? ¿No te gusta el papeleo?

-No me da la gana estar haciendo el trabajo de los demás eternamente, Víctor. Si eso no te entra en la cabeza, yo…

-¿Qué?- Le cortó.- ¿Qué vas a hacer? ¿Cruzarte de brazos? ¿No respirar? Mira, si no te he mandado a la calle aún, es porque me eres útil aquí, haciendo la parte del trabajo que nadie quiere hacer. Si no te gusta, ahí tienes la puerta. Porque lo cierto es que solo en ésta tienda, ya hay más de treinta contratos de otros…- Iván no habría hecho nada, pero vio que se había frenado antes de decir “imbéciles”- desesperados, esperando para ocupar tu puesto.

-Baja el volumen, tío.

-¿Qué coño es eso de “tío”? A mí, me llamas por mi nombre, ¿estamos?- Miró a su alrededor. Todos miraban en su dirección. Suspiró. Por un momento, Iván creyó ver en el rostro de su encargado, algo parecido a la vergüenza. Pero solo fue un instante. Bajó el volumen de su propia voz y sonrió.- Haremos una cosa. Tú no quieres estar siempre de becario, y yo no quiero lastres en mi equipo. Ocúpate de los clientes de prepago. Si consigues hacer una venta completa a uno de esos quejicas, te libero de tu tarea burocrática, y podrás volver a trabajar con normalidad, ¿Qué me dices?

 

Tras el primer, “Oiga, déjeme tranquilo y haga la recarga”, Iván comenzó a lamentar haber aceptado el trato de Víctor. Aquella clase de clientes, no buscaban nada. Su comportamiento ante un intento de venta, solía ser bastante hostil en el mejor de los casos, dejando caer de vez en cuando, algún que otro insulto. Iván miraba con odio a su encargado, al verle sonreír, desde que un anciano le mandase a la mierda, por intentar hacer que se pasase a un servicio pos pago.

Él lo sabía. Sabía desde un inicio que era una tarea imposible. Sabía que más tarde o mas temprano, se rendiría y, una de dos: O bien, dejaría el trabajo voluntariamente, sin necesidad de despedirle, o volvería a sus tareas de becario, haciéndoles más llevaderas las tareas al resto del personal, de un modo tranquilo y sumiso.

No. De eso nada. No lo permitiría. No le iba a dar a aquél cabrón presuntuoso tal satisfacción.

 

-¿Disculpe?- Una chica esperaba tras el mostrador. Iván se sorprendió al verla. Estaba tan concentrado odiando a su jefe, que había olvidado que le quedaban dos horas de jornada laboral, y tres o cuatro millones de clientes esperando para ser atendidos.- ¿Se encuentra bien?

Lo cierto era que no. El murmullo de la gente a su alrededor le estaba agobiando. Bastante. Empezó a sudar, obligándole a aflojarse el nudo de la corbata. Tragó saliva, y sonrió a la clienta.

-¿Me permite un minutito?.-Ella asintió. Iván pasó por delante de Víctor, que ya había cogido aire para reprender al becario. Antes de que abriera la boca, le cortó.- Voy un momento al lavabo. Eso aún puedo hacerlo, ¿No?

Sin esperar contestación, entró en la trastienda. Era pequeña, angosta y gris. Llena de cajas con teléfonos móviles, routers, auriculares, tarjetas de memoria, tarjetas SIM de diferentes compañías, dispositivos de manos libres para coches, y un largo etc. Todo perfectamente ordenado y clasificado para que no hubiera problemas a la hora de localizar cualquier terminal.

Pasó con cuidado, procurando no rozar nada, para no alterar el perfecto equilibrio de aquel almacén de dos metros cuadrados, y entro en el baño. Deshizo el nudo de su corbata, y abrió el grifo. Se encendió un cigarro, pese a las normas de tolerancia cero con respecto al tabaco, y le dio una larga calada. Todo le daba vueltas. Dejando el cigarrillo sobre la pica, hizo un cuenco con las manos, se echó agua a la cara, y se miró al espejo. Con el efecto del humo a su alrededor, vio a alguien capaz. Un tipo seguro de si mismo, que podía salir ahora mismo, sacudirle una patada a una de las estanterías, tirando todo el género al suelo, llegar ante su encargado, darle un puñetazo en su cara de capullo, chocar esos cinco con Fran, y salir por la puerta ante el aplauso de la multitud, que le apoyaría.

-Claro que sí. Y antes de salir, paras, y besas a Inma en la boca en plan peliculero. Y a la clienta que espera, te la llevas con la mano por encima del hombro, no te jode. ¡Lo mismo ésta noche hasta mojas, pringao’!- Le dijo la imagen que se reía de él tras el espejo.

<< ¡Ay, dios, la clienta!>> Tiró la colilla al retrete, y salió del lavabo a toda velocidad. Chocó con Fran al salir de la trastienda, haciéndole caer la caja de un Smartphone al suelo. Ni se disculpó. Llegó a su puesto, donde, milagrosamente, la clienta esperaba. Sola. Miró en dirección a sus compañeros, y vio como Inma le guiñaba un ojo. Un mensaje saltó en la pantalla de su ordenador.

 

[Nos hemos ocupado de tus clientes. Tranqui, Víctor ni se ha dado cuenta. Creo que está jugando al solitario o algo. La chica ha dicho que ya le estabas atendiendo. ¡¡¡¡Suerte!!!!

 

Inma L.]

 

Miró de nuevo a Inma y a Fran. Aunque lo primero que sintió fue una sensación de condescendencia por parte de sus compañeros hacia su persona, que le revolvió las tripas, sonrió agradecido asintiendo. Volvió su vista hacia la clienta, e intentó fingir más seguridad en si mismo que antes.

-¿Mejor?- Le dijo ella.

-Sí, discúlpeme…

-No pasa nada.- Sonrió cansada.- Quisiera hacer una recarga de veinte euros a éste número.

-Sin problema.

Víctor escribió el número de teléfono que le mostró la clienta en el programa de recargas del ordenador, y esperaron. Y esperaron. Y esperaron. Y tras cuatro minutos, un mensaje de error saltó en pantalla, explicando que la recarga no se había efectuado. Tras llamar a los informáticos de la empresa, le comunicaron que el sistema de recargas había sido temporalmente deshabilitado mientras lo actualizaban. Tendrían que esperar otros cinco minutos más, que bien podrían convertirse en veinte.

-¡Ya, pues muchas gracias, tíos! ¡Gracias por avisar, por hacerme mi trabajo un poco más vomitivo de lo que ya es, y por tenerme a la espera mientras tengo que mirar a la clienta a los ojos!- Colgó. La chica sonreía.- Lo siento…

-No importa. Esperaré.

-Puede llevarles un rato.

-Acabo de terminar un turno de setenta y dos horas. Creo que podré aguantar cinco minutos.

-¡Setenta y dos horas! ¡Madre mía! En mi vida había oído algo así.- Se sorprendió Iván. Fijándose bien, lo cierto era que sí tenía el aspecto destartalado de alguien que llevaba mucho tiempo sin descansar en condiciones. La chica, de aproximadamente un metro sesenta y cinco, llevaba su pelo castaño alborotado, pese al intento de coleta que se había hecho. Tenía las mejillas coloradas, y aun con las gafas de pasta, no podía ocultar las ojeras, fruto del cansancio.- ¿Puedo preguntar de qué trabajas?

-Soy enfermera.

-¿Y es siempre así?

-Casi siempre, sí.

-Vaya… Yo no podría.

-A veces yo no puedo.- Volvió a reír con cansancio.- Es un trabajo agotador, y muchas veces, poco agradecido… Pero supongo que es algo que se lleva por dentro. O te gusta, o no, ¿sabes?

-No… Lo cierto es que no.- Ésta vez rieron los dos. Víctor levantó la cabeza de la pantalla al oírles reír.

-¡Iván! Tienes mucho trabajo por delante todavía.- Sonrió con malicia. Volvió a elevar el tono de voz.- ¡Deja de flirtear con las clientas, y ponte a currar!

Ambos se ruborizaron, logrando así el efecto que Víctor esperaba.

-¿Y ese subnormal?- Dijo ella. Iván necesitó de toda su fuerza de represión para no morirse de risa al oírla.- No me digas que es tu jefe.

-Lamento desilusionarte… Pero así es.- De repente, se le ocurrió un modo de callar a Víctor. Sobre todo ahora, que miraba.- Oye, y haciendo semejantes turnos, ¿Cómo es posible que no te pases a contrato?

-Pues no lo sé… Llevo con el mismo móvil desde los quince años.-Se apartó un mechón de pelo tras la oreja.- Como sigue funcionando, tampoco había pensado en cambiármelo.

-Lo digo porque para hacer llamadas constantemente quizá a la larga te salga más barato…

-No te creas que llamo tanto.- La verdad es que era mona.- No tengo apenas amigos.

-¡No te creo!- Exclamó. La chica dio un respingo en el sitio, sorprendida.- Quiero decir… hem… todo el mundo tiene amigos, ¿no? Si no… ¿Para qué ibas a tener que recargar veinte euros cada tres días?

-Para llamar a mis padres. Por ejemplo.

-Te daré el número de la tienda, para cuando te aburras.- Se oyó pensar en voz alta.- Hem… disculpa… yo… Quería decir, que aún así, es mucha pasta.

-Tranquilo… Respiiiira.- Sonreía de nuevo. Era una chica agradable.- Y dime, ¿Del otro modo me saldría mejor de precio?

-Unos cuarenta o cincuenta euros menos. Y se te regalaría un móvil nuevo.- Mintió. Lo cierto era que al cambiar el trato con el cliente, la compañía te “vendía” un Smartphone, que pagarías durante los próximos dieciocho meses que durase dicho contrato. Una maniobra sutil, que la clientela, por lo general, ni se plantea. Pues reciben de regalo un teléfono gratis.

-De acuerdo. Has captado mi atención. Te escucho.

 

Durante cerca de media hora, estuvieron evaluando cual sería la tarifa que más le convenía, el móvil que más le gustaba, sus horarios de trabajo, donde vivía, si tenía mascota… Se habían desviado bastante del tema inicial de la conversación, y habían pasado a conocerse. Se llamaba Luna, y tenía su edad. Llevaba trabajando de enfermera en un hospital a tres calles de la tienda desde hacía pocos meses. Compartía piso, igual que él.

-¿¡No tenéis Internet!? ¿Pero en qué mundo vives?

-No es que no tenga internet… Se lo pirateo al vecino. ¿Qué? ¿También tienes una oferta para que me salga internet más barato que gratis?

-Bueno… Más legal sí.

Y rieron de nuevo. Y así durante otros veinte minutos más. Revisando ofertas, compañías de ADSL, amistades, grupos de música favoritos… “¿El canto del loco, en serio? ¡Eso es para quinceañeras! Prueba con Nirvana, Mudhoney o Pearl Jam. ¿Que qué es eso? ¡Música de verdad! Mira, me voy a apuntar tu número de teléfono en ésta tarjeta, sólo para pasarte canciones. Ya sabes, para poder oír en el coche.”

-¿Cómo?

-Pues con el manos libres.

-Te vas a reír…- Empezó a decir ella.- Tengo coche, menos mal. Pero no tengo el manos libres.

-Hasta mi coche tiene manos libres.- Volvió a mentir. No tenía coche.- En fin… Tienes tu móvil antiguo, ¿no?

-¿Y eso qué tiene que ver?

-Pues que se te hace un descuento para aplicar en cualquier otro artículo que te quieras llevar. Como un manos libres, y tres meses de seguro para todo lo que has comprado.

-¡Uau!- Exclamó Luna entre risas, alzando las manos.- Demasiada información para alguien que ha dormido cuatro horas en tres días.

 

-Es hora de cerrar, Iván.- Fran estaba a su lado.- ¡Déjala ya!

-¿Ya?- Llevaban cerca de dos horas hablando sin darse ni cuenta.- Joder… Disculpa.

-No importa, de veras. Ya me pasaré otro día y empezamos de nuevo.- Sonrió la enfermera. Iván le devolvió la sonrisa torpemente.

-¡No!.-Cayó en la cuenta de que si tardaba días en volver, él pasaría días soportando las torturas de oficina de Víctor. Y eso si volvía. Lo mismo se estaba haciendo la simpática por compasión. Igual no volvía a verla jamás. Seguro que cuando volviera a su trabajo les hablaría a sus compañeras del subnormal, que le había intentado vender de todo, en un intento a la desesperada por dejar en mal lugar al cretino de su encargado. No, de eso nada. No podía dejar que se le escapara. Y no lo iba a hacer.- Déjame los datos. Yo te lo dejo todo preparado para mañana, y de aquí a tres días, cuando vuelvas a librar, vienes lo recoges y ya está.

Tardó un rato en contestar, pero finalmente, asintió con otra de sus sonrisas, cada vez más encantadoras, mientras sacaba la documentación.

-Vale, pero porque me fío de tí.

 

Pasó cerca de una hora preparando toda la venta. Acordó con Víctor, en que él se encargaría de cerrar esa noche, y así adelantar trabajo. Barrió, hizo el cierre de caja, y sacó la basura, antes de cerrar finalmente la persiana, y emprender el camino de vuelta a casa, cansado, y cabizbajo sin motivo.

Al llegar a su apartamento, el cual compartía con una pareja desde hacía poco menos de un año, se fue directo a la cocina sin saludar, hirvió agua, y se preparó unos fideos orientales precocinados, de un modo, que se podría clasificar como “autómata”, mientras escuchaba por uno de sus auriculares el MTV Unplugged de Nirvana. Conocía aquél álbum de memoria. Casi había acabado al entrar por la puerta, lo sabía. Pero le gustaba oírselo entero. Movía los labios al son de la música, que había cantado un centenar de veces, sin acercarse ni por un tono a la voz original. <<My girl, my girl, don’t lie to me, tell me where did you sleep last night…>>

Tras apartar la caja vacía de una pizza del sofá, se sentó. Javier estaba viendo los deportes. Algo que, si bien para su novia Sophie, era un momento sagrado del día, para Iván no significaba nada. De modo que, tras apagarle la tele a su compañero de piso, y escuchar las mismas quejas que oía, cada vez que iniciaba este proceso, le contó porque había llegado tan tarde, y su encuentro con Luna. Al acabar, Javi dio un sorbo a su cerveza, depositó la lata sobre la mesa, y le miró un larguísimo minuto.

-Es decir.- Empezó diciendo, tras un eructo sordo.- Que te has ganado la confianza… Y tal vez la amistad de una persona, que, y corrígeme si me equivoco, ha visto algo en ti, después de pasar cerca de una hora y media hablando, y lo has aprovechado, para venderle hasta el semáforo de la esquina… ¡Pues colega, recuérdame que nunca me fíe demasiado de ti!

-No ha sido exactamente así…

-¿Ah, no?- Iván no sabía si la hostilidad de su compañero de piso venía de haberle apagado la tele, o bien, de que lo que había hecho con Luna, había sido algo horrible.- Porque, a menos que hayas omitido alguna parte de la historia, eso es exactamente lo que has hecho.

-¿Que ha hecho?- Sophie entró en el salón, con aquella alegría que parecía seguirla allá donde fuera. En éste caso, no era más que la fría corriente de la calle. Se quitó la cazadora, lanzándola sobre la mesa de comedor, que servía como escritorio para estudiar, y como almacén de papeles, ropa de abrigo, vasos, platos y cubiertos sucios, un destornillador, varios mecheros, una bolsa de maría, y una piel de plátano. Se podría decir que tuvo suerte, y la cazadora cayó al suelo.- ¡Te han despedido!¡Le has dado un puñetazo al cabrón de Víctor!¡Te has tirado ya a tu compañera! ¿Olga? ¿Emma? …no lo recuerdo, pero es eso, ¿a que sí? Que callado te lo tenías… ¡Eres un sinvergüenza!

-¡Basta! ¡Joder, Sophie! Eres como una metralleta.-Reía Iván.- No me han despedido, ni le he pegado a nadie. Aunque no te diré que no se lo merezca, ni que algún día… En fin, te cuento.

Ésta vez la explicación fue más corta, e intentó hacer que el trato que le había dado a Luna, había sido por culpa de Víctor, pero no solo no cuajó, si no que la reacción de su compañera de piso fue muy parecida a la de su novio. La alegría que parecía no querer abandonar nunca su cuerpo, y más concretamente, su expresión, había sido sustituida por una mueca de repulsión.

-Joder, Iván… ¿Ése es el modo en que quieres que las personas a las que marques te recuerden, como un vendedor compulsivo y sin escrúpulos?

-No es del todo así. He averiguado que es lo que necesitaba, y se lo he ofrecido. No tenía línea de ADSL…

-¡Porque no para en casa, atontado!- Le dijo Javi. A su lado, su novia asentía.-¿Para qué iba a querer pagar un contrato de internet para sus compañeras de piso? Igual que el seguro de su teléfono. No se lo has regalado. Se lo has vendido, aprovechando un descuento, que igual querría usar para otra cosa.

-Mira, no te conocemos desde hace mucho, pero sabemos que no eres así. Aceptaste ese trabajo para pagar las facturas. Pero no creo que seas de esa clase de gente, a la que las otras personas le importan un bledo. Y sólo te preocupe vender.- Iván bajó la cabeza, avergonzado.- Dime, ¿Qué viste en esa chica?

-Quería descansar… Y no tenía pinta de tener muchos amigos… Y a mí me ha dado igual. Perdonad.

Iván se levantó, dejando los fideos, ya fríos, sobre la mesa, y se dirigió al cuarto de baño, tambaleándose. Cerró de un portazo. Todo le volvía a dar vueltas. Mareado, pensó en el paso de la jornada, en Fran e Inma, en las recargas, en Víctor y su cara de gilipollas, en Luna… Dobló su cuerpo cayendo de rodillas, y poniendo las manos sobre la taza del váter. Vomitó.

 

Al despertar, la mañana siguiente, revisó su horario. Turno de tarde. Genial. Se preparó un café en la cocina, mientras miraba el reloj. Las once de la mañana. En cuatro horas entraba. Regresó a su habitación, y puso música en su portátil antes de dejarse caer sobre la cama deshecha, pero cálida. Cantó algo, intentando imitar al vocalista de Linkin Park. << I became so numb…>>

Sin éxito. Vio brillar el móvil sobre la mesita. Miró la pantalla. Un mensaje. Era de Fran.

 

[Tu chica acaba de pasar hoy por aquí. Víctor ha dicho que él se ocupaba. Creo que te acaban de pisar la venta, amigo.]

 

-¡NO! ¡Será hijo de puta!- Iván se incorporó. Envió un mensaje a Fran. ¡¡¡”Dijo que en tres días”!!! Se vistió a toda prisa. Salió corriendo, escaleras abajo, mientras se hacía el nudo de la corbata, que le quedo muy irregular. Sin darle importancia, llegó a la calle, donde se dio cuenta, de que se había dejado tanto la cartera, como su teléfono móvil. Insultando al aire, dio media vuelta y regresó a su casa.

Los veinte minutos de viaje hasta el trabajo, los pasó pensando en cómo entraría por la puerta, gritándole a Víctor, que esto se había acabado. Tal vez, lanzándole a la cara la jodida corbata. O quizá pegándole un puñetazo en la cara. Sí, eso era. Un puñetazo en toda su pomposa y engreída cara. Seguro que ni lo vería venir. Y así saldría por la puerta con los puños en alto. A lo mejor, incluso gritaría un “¡Soy libre!”, o algo así.

Claro que Víctor le demandaría. Es lo lógico. Él lo haría. Y claro, sus compañeros testificarían en su contra. ¿Cuál es la pena por agresión? ¿Hay pena siquiera? Puede que sólo tuviera que pagarle una indemnización. Con lo fantasma que era Víctor, seguro que sería millonaria. ¿Y con qué dinero? Si además se quedaría sin trabajo. Todo eran complicaciones.

Y así, sin darse ni cuenta, llegó a la puerta. La atravesó con ciertas dudas. Víctor, le miró desde su parte del mostrador. Sonreía como un imbécil.

-¡Llegas pronto! ¿Tantas ganas tenías de currar?

-Yo… hem… <<Dile algo… ¡Grítale!>>

-Genial. Lo más inteligente que habrás dicho hoy. Anda, ponte a pasar éstas cuentas de tus compañeros. Puede que hoy salgas antes y todo.

Antes de que pudiera decir nada, dejó una carpeta con los contratos que había que pasar sobre el mostrador. Iván, tragando saliva y sin mirar a su encargado a los ojos, los cogió sin decir nada. Creyó ver a Fran, negando levemente con la cabeza por el rabillo del ojo, pero decidió ignorarlo, e ir a su pantalla. Al abrir la carpeta, el primer contrato que vio, fue como recibir una patada en el estómago. En él, figuraba el nombre de Luna, junto con todos sus datos personales. Todo hecho por Iván, la noche anterior, pero en el encabezado, ahora figuraba otro empleado. “Narváez V.”

Sudando, levantó la vista. Víctor le miraba. Seguía sonriendo. Lo había hecho. Y ahora estaba esperando su reacción. Quería que se rebelara. Quería que explotase allí, ante todos; pero no lo hizo. Puede que, de algún modo, recordara las consecuencias de un acto impulsivo, antes de meter la pata. O puede, que no hubiera tenido intención de decir o hacer nada. Su mente había cerrado las puertas de todos aquellos pensamientos viscerales, impidiéndole actuar más allá de quedarse quieto, esperando una nueva idea reveladora. Aprovechando una de las visitas a la trastienda de Víctor, dejó de trabajar y se acercó a su compañero

-Eh, Fran.

-Dime.

-¿Luna preguntó por mí?

-¿Quién?

-La chica que vino ayer.

-¡Ah, sí! Sí que lo hizo, pero Víctor dijo que el se ocupaba y… y ya no sé más.- Fran evitó mirarle cuando acabó.

-Fran, va…

-Vale… Pero sólo porque le he dicho que se ha pasado tres pueblos. Le dijo que era tu último día, y que estabas de vacaciones. Se extrañó. Víctor le dijo que no se lo tomase como algo personal. Que eras así. Dirías cualquier cosa por vender, y tal. Rieron. No sé, Iván…

Rieron. Debió suponerlo. <<Estúpido.>> ¿Qué creía? Todo lo que supuso era cierto. No le vio nada especial. Probablemente, incluso se debió sentir asaltada. <<Estúpida>> Sólo intentaba conservar su trabajo. Pero se lo hubiera dicho. Que todo fue una treta para vender. Luego le pediría perdón y ella aceptaría porque lo entendería. Él hubiera roto el contrato, y habrían vuelto a empezar. Eso habría hecho… Pero Víctor tenía que joderlo todo.

Estúpido.

 

Acabó su jornada media hora antes, y salió sin despedirse de nadie. Con las manos en los bolsillos, fue caminando por las, prácticamente vacías calles de la ciudad. Se detuvo frente a la estación del metro, y sacó el paquete de tabaco. Al hacerlo, la tarjeta en la que apuntó el número de teléfono de Luna, cayó al suelo. La recogió, y la observó varios minutos. Pensó en llamarla, en que le diría, en cómo reaccionaría a su explicación. Arrugó la tarjeta, encendió un cigarro, y le dio una larga calada. Soltó el humo mirando hacia el cielo. Se veían un par de estrellas, algo que en el cielo de una ciudad, ya era algo bastante inusual. Y se veía la luna.

Con el mechero, prendió fuego a la tarjeta, hecha una bola. Volvió a mirar al cielo. Cogiendo la bola por una esquina que sobresalía, la elevó con un ojo cerrado, haciendo ver que era un meteorito. Una roca en llamas que estaba bajo su control, y que acercó a la Luna, despacio. Dándole dramatismo. Después de otra calada, Iván hizo el ruido de una explosión al impactar, mientras soltaba el humo. Dejó caer su cometa antes de quemarse los dedos. Observó como su bola de fuego se consumía en el suelo, ajeno al interés de nadie, salvo al suyo. Pensó que dentro de poco, ni él mismo lo recordaría. En el fondo, ya ni a él mismo le inspiraba mucha pena la idea.

Dio una última calada, y emprendió el camino de vuelta a casa después de mirar una última vez a la Luna.

 

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